sábado, 29 de junio de 2013

Diez años del ciclo de Bach a Piazzolla


El 14 de julio de cumplen diez años de conciertos del Ciclo de Música de Cámara de Bach a Piazzolla, una iniciativa de la pianista Graciela Alías y el violinista Aron Kemelmajer, que en base al esfuerzo privado, consiguieron llevar adelante el ciclo muy destacado y con una identidad propia que obtuvo el Premio Alfonsina 2009.
Obras e intérpretes
Calidad musical, en las obras y en los intérpretes, valoración del espacio local y aportes de artistas con una gran experiencia, nacionales y extranjeros, son las premisas sobre las que se apoya el ciclo, que incluye una presentación previa de las obras.
El concierto inicial del 14 de junio de 2003 contó  con obras de autores argentinos y las Danzas Rumanas de Bela Bartók, y el ciclo ha incluido a 5 de las 10 sonatas de Beethoven para piano y violín y 10 de las 22 de Mozart así como la actuación de músicos de la Filarmónica de Israel –la flautista Margalit Gafni y el cellista Enrique Metz.
El pianista Hugo Schuler se presentó en distintas oportunidades con obras de Brahms; Chopin, Ginastera y Liszt así como con las 30  variaciones sobre un tema de Antón Diabelli, de Beethoven; las variaciones Golberg y una integral del primer libro de los Preludios y fugas del clave bien temperado, de Bach, y la mayor parte de los preludios y fugas del libro segundo. Hizo las obras de Bach de memoria. No son datos menores: se trata de extensos trabajos de gran profundidad, complejidad y sutileza musical, no frecuentes en los programas de concierto, y que demandan un gran dominio de las obras, de la técnica del instrumento y un criterio artístico para abordarlas.
  Además de Graciela Alías y Arón Kemelmajer tan intervenido en gran parte de los conciertos y son muchos los intérpretes que como la clarinetista Amelia del Giudice; el pianista Edgardo Roffé; el flautista Alexis Nicolet o el trío formado por la pianista Silvia Bango; el cellista Federico Dalmacio y el clarinetista Mario Romano; la violinista Haydee Francia; la violinista Irina Iakoleva; el violoncellista Siro Bellisomi  y otros, que han intervenido en distintos conciertos que tuvieron lugar en el Teatro Municipal Colón –los que incluyen piano- y la Alianza Francesa.
Un viaje por diferentes estéticas
No sólo obras como la Sonata a Kreutzer, de Beethoven, que interpretaron Fernando Favero y Graciela Alías; el Quinteto para piano y cuerdas de Brahms o el quinteto La Trucha de Schubert es lo que hemos podido apreciar, con lo que la sola experiencia de poder acceder a estos trabajos significa,  sino también otras de Dowland, Jorge Mockert; Debussy; Häendel; Prokoffiev; Taktakishvivili; Fermina Casanova, o los trabajos que presentó Miriam Fernández en tiorba, que implican un descubrimiento estético.
Una nueva temporada
No son frecuentes iniciativas así, hechas en base al esfuerzo personal, capaces de mantenerse en el tiempo (ese accidentado tiempo con sus problemas recurrentes, sus crisis, sus desánimos, sus desafíos) sin concesiones en lo que hace a la exploración y defensa del espacio musical así, en estado puro, por el solo interés de la música y de llevarla al publico que fielmente ha seguido a este ciclo.
Aron Kemelmajer, en la charla que le pedí mantener con motivo de esta fecha (y que se hizo extensa porque la música implica muchas cosas: gustos, experiencias, períodos, nombres), llegó con una ancha carpeta con todos los programas de los conciertos de los últimos diez años: al verlos se tiene una idea del significado de llevar adelante algo y hacerlo tangible: una parte importante de la vida está allí.
  Señaló que para el ciclo 2013, que comienza el 14 de julio a la hora 20 en el Teatro Municipal Colón, han previsto una síntesis de lo que se ha venido haciendo. Para el 23 de agosto está prevista la actuación del conocido trío integrado por Nicolás Favero (que tocó el concierto para violín de Brahms con la sinfónica); Siro Bellisomi en cello y Antonio Formaro en piano. Los conciertos proseguirán el 29 de septiembre, el 25 de octubre –con la actuación de Marco Pierobon, el famoso trompetista; para concluir el 8 de diciembre.
Más allá de la calidad, más allá del lugar y el reconocimiento para intérpretes y autores, se trata de generar y sostener algo por la fe en ese algo, en su calidad, en su significado, en un mundo tan acelerado, tan cambiante, uno donde la rapidez muchas –demasiadas veces- desplaza a la calidad. Bach a Piazzolla es un espacio donde refugiarnos, donde buscar y encontrar tanto las obras que amamos como aquellas que son dignas de descubrir y aquellos intérpretes que nos permitirán enriquecernos al escucharlos.
  
     


                         
       

Eduardo Balestena



domingo, 19 de mayo de 2013

Concierto inicial del ciclo del Cuarteto de Cuerdas de la Universidad Nacional de Mar del Plata


El Cuarteto de Cuerdas de la Universidad Nacional de Mar del Plata, integrado por Iris Ruzycki –segundo violín- Pablo Albornoz –primer violín- Guillermo Becerra –viola- y Eduardo Falchi –cello- se presentó en el espacio de extensión cultural de Los Gallegos Shopping el 18 de mayo.
En la oportunidad abordó obras del alto barroco: un arreglo para cuarteto de cuerdas del Concierto opus 8 nro. 1 en mi mayor La primavera, de ciclo Il cimento dell’ amonia e dell´ inventione (la lucha entre la armonía –razón- y la invención –imaginación- ) de Antonio Vivaldi (1678-1741) . En su oportunidad, en el ciclo de extensión cultural de Los Gallegos Shopping, el profesor Carlos Novotny abordó –en dos entregas- el análisis integral y la historia de esta obra programática, que sigue musicalmente el desarrollo de cuatro sonetos, en uno de los rasgos del período del alto barroco: la claridad de sentido del discurso musical que expone un mensaje. Quizás las más conocida de las obras del compositor veneciano, es especialmente exigente en el violín solista, dado el lenguaje del período en que a la sección confiada a los instrumentos fundamentales –el bajo continuo, generalmente integrado por la viola da gamba, tiorba y cembalo- se destacaba la de los instrumento ornamentales, generalmente el violín o la flauta, en una  que no sufre grandes transformaciones en el arreglo para cuarteto de cuerdas.
El programa siguió con el Aria de la suite nro. 3. de Johann Sebastián Bach (1685-1750) también muy conocida, que en su sentido de delicadeza e introspección, requiere una particular dulzura en la inflexión sonora.
Le sucedió el Cuarteto, nro 4 en do mayor, K. 157 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), obra temprana del compositor que se desarrolla en tres movimientos y que claramente perteneciente al periodo clásico. Sin la complejidad de sus planteos posteriores –en los que adhiere a la estética del movimiento sturm und drang-, es una obra breve festiva pero de gran belleza que requiere el equilibrio y claridad que siempre demanda la música de Mozart. No es casual que el cuarteto de cuerdas se haya consolidado durante el clasicismo como una de las formaciones camarísticas más importantes que adquirió en el periodo tanto un papel de experimentación como de introspección.
La segunda parte estuvo dedicada a Astor Piazzolla (1921-1992) con Pedro y Pedro; Invierno Porteño y Tango Ballet. A diferencia de las anteriores, esta última fue escrita por el compositor para cuarteto de cuerdas. Aquello que marca al compositor con su sello único –frases recurrentes que funcionan como motivos que dan unidad, cambios rítmicos y una armonía que parece tender a la disonancia en algunos pasajes- y lo hace reconocible de algún modo encubre a la complejidad de una textura que requiere un ensamblaje muy justo entre las voces, mucha claridad y una rítmica muy cambiante y precisa.
El cuarteto de cuerdas de la Universidad es una de las formaciones decanas en la ciudad, ya que lleva 36 años de actividad y ha abordado un amplio repertorio. En su plan de trabajo actual anunció futura la presentación de compositores argentinos.  

    

Eduardo Balestena
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domingo, 16 de diciembre de 2012


Un programa de obras exigentes y representativas
El pianista Hans-Dieter Bauer brindó un concierto en el Teatro Municipal Colón el 14 de diciembre. Nacido en Berlín en 1937, actualmente reside en Coburg, Bavaria y ha tenido una extensa carrera como solista, principalmente en Europa.
En esta oportunidad abordó un extenso programa que significó un recorrido estético por diversos lenguajes del instrumento, en trabajos que  representan  esos lenguajes en sus formas quizás más puras. Lo hizo con una gran profesionalidad, de memoria y de manera muy segura, sin pausas, salvo la extensa entre la primera y segunda parte,  entre una obra y otra.  
            Tanto en la Sonata en fa mayor de Hydn como en la K. 545, nro. 16 de Mozart  (con ese conocido y magistral comienzo: el planteo de un primer tema introductorio sucedido de rápidas escalas que contrastan con él) la elección de tempo y el fraseo –su acentuación y falta de fluidez en un discurso, que más que las articulaciones, parecía centrarse en cada sonido- restó a esas obras –principalmente en los allegros- el sentido de brillo, espontaneidad  y  proporción. Acentos y fraseos deben moverse en un equilibrio que permita la continuidad entre el sonido anterior –y su resonancia, pensado como estaba para piano sin pedales- y la sensación de que el que le sucede se forma suavemente dentro de esa estela sonora.
            Similares fueron los aspectos interpretativos del movimiento presto de la Sonata en Do sostenido menor, opus. 27 nro. 14 (Claro de Luna) de Beethoven. El ataque del presto, en ese vibrante pasaje dado por la reiteración de una célula temática y su respuesta, descansa en gran medida en la relación entre continuidad y tempo: si el tempo se ralentiza la articulación pierde vigor y el motivo energía. Lo mismo en los acentos, que surgen claramente del propio motivo en sí y que el intérprete debe respetar.
            Muy diferentes fueron las cosas en las Tres piezas para piano del compositor checo Klement Slaviký  (1910-1999) que cerró la primera parte: un pianismo percusivo, con una base rítmica y elementos en sí sencillos pero de gran complejidad en el tratamiento de las distintas combinaciones de ese motivo inicial, en un lenguaje en que los acordes son tratados en distintos intervalos, en una armonía cambiante, con pasajes de incomodidad y complejidad para la interpretación (manos cruzadas o muy próximas) , dentro del marco de consonancia, con sonidos enérgicos y destacados pero no disonantes. Una obra de gran impacto y de grandes requerimientos: por lo precisa, la rapidez en la inflexión del sonido,  la continuidad y el permanente juego entre el ataque de la nota y su resonancia.
La Sonata en sol menor opus 22 de Schumann abrió la segunda parte. Viéndola interpretar se hacen evidentes sus exigencias: ya en ese comienzo, un motivo que surge luego de un primer acorde, en forma interrogativa que en su desarrollo aparece muy vinculado a un acompañamiento que no se limita a acompañar sino que en sí mismo implica elementos que hacen al desarrollo, desde lo armónico, de ese tema recurrente. Energía, sí, pero también muchos matices y un sentido del todo: si el intérprete focaliza en los pasajes de bravura puede dejar puntos oscuros en la resolución de otros momentos. Esta fue una versión absolutamente clara en ese sentido. Hans- Dieter Bauer dejó unos cuantos segundos ese pedal que prolonga la última nota de ese movimiento y que parece condensarlo.
El programa concluyó con Dante-Sonate, de Franz Liszt, (de Años de Peregrinaje: 2do. Año: Italia) que,  partir de ese motivo inicial, explora y explota todas las sonoridades de un piano que tan pronto se expande en todo su registro y en la intensidad, o se contrae en el planteo de ese elemento (que se metamorfosea en el curso de toda la obra) con una gran dulzura. La exigencia expresiva es muy grande en estas gradaciones dinámicas: un elemento central cambia y es expuesto de muy distintos modos pero todos conforman una unidad. Tuvimos una versión de un control absoluto de estos aspectos de una obra tan rica como virtuosa. No se trata sólo de pasajes de bravura, y de plantearlos en forma fluida y expresiva, sino de lograr una suavidad y una delicadeza capaz de plasmar el credo romántico por un lado, y al piano y sus posibilidades por otro. Requiere un gran dominio y sentido estético.
Hans-Dieter Bauer, con una presencia de cálida sencillez planteo un programa muy pensado en el orden de las obras, paradigmáticas y exigentes, sin concesiones a la facilidad, a la longitud ni al efectismo, con una total entrega a una música que pareció expandirse a medida que transcurría el recital.
El programa de mano, incompleto en cuanto a la información e identificación correcta de las obras –número y opus, en el caso de la de Hydn, por ejemplo- no brindó demasiados datos sobre las obras del repertorio de un pianista de esta profesionalidad que destacó en las obras del período romántico y post romántico.             
                



Eduardo Balestena


viernes, 31 de agosto de 2012


Joyce Di Donato y David Zobel en el ciclo del Mozarteum
El 27 y 29 de agosto se presentaron, en el ciclo de concierto de la temporada 2012 del Mozarteum, la mezzosoprano Joyce DiDonato y el pianista David Zobel, en el Teatro Colón de Buenos Aires.
Las Canciones clásicas españolas de Fernando Jamandreu Obradors (1897-1945) abrieron un programa ecléctico –dedicado a arias de ópera y canciones- que permiten apreciar la riqueza de un acervo poco conocido del cual forman parte las canciones del autor catalán. Requieren ductilidad en el timbre, claridad en los matices y un claro sentido rítmico en el piano. Obradors escribió sus cuatro libros de canciones hacia 1920. Responden así al rico nacionalismo español.
Prosiguió con el aria  Oh sleep, why dost thou leave me, de la ópera Semele para proseguir con “Doppo notte, atra e funesta”, aria de Ariodante de Georg. F. Händel (1685-1759) que implican pasajes de extensos melismas y registros agudos para la cuerda.
En la Trilogía Boaumarchais abordó las arias Voy che sapete che cosa è amor, aria de Cherubino, Deh, vieni, non tardar, de Las Bodas de Fígaro, de Mozart y Una  voce poco fa, aria de Rosina, de El Barbero de Sevilla, de Rossini, que cerraron una primera parte en que se hizo evidente la  versatilidad que le permitió abordar obras tan diferentes en las cuales mantuvo siempre una claridad absoluta y una emisión que le permitió llenar la enorme sala del Teatro Colón.
Si bien es con su rol de Rosina, en La cenerentola, de Rosini en el Metropolitan Opera House o el de Adalgisa, en Norma, en el Festival de Salzburgo como consolidó su carrera internacional, su interpretación de las Canciones en dialecto veneciano de Reynaldo Hahn (1874-1947), así como O del mio amato ben de Stefano Donaudy (1879-1925) y La Spagnola, de Vincenzo Di Chiara (1880-1937) hablan no sólo de su versatilidad sino de la belleza de obras muy poco conocidas. Se destaca en ellas la dulzura, la musicalidad y la pintura de caracteres.
También interpretó en la segunda parte Assisa a pie d´un salice, aria de Desdémona, de la Ópera Otelo, de Rossini.
A lo largo de las dos horas de su recital, explicó en italiano las particularidades de cada obra. En medio de Una voce poco fa sonó reiteradamente una alarma, no obstante lo cual continuó la interpretación hasta que parte del público comenzó a abandonar la sala; pero retomaron en el mismo lugar cuando nada sucedió. Luego del intermedio anunció que sólo se trataba de un inconveniente técnico y que si volvía a presentarse, no interrumpirían la ejecución.
David Zobel ha acompañado a Joyce DiDonato en la mayor parte de sus presentaciones. Obtuvo su Master en música como pianista acompañante y ha tenido una destacada actuación como repertorista con el Théatre du Chatelet, participando en las distintas producciones bajo la dirección de  figuras como Christoph von Donhàyi, Christoph Eschenbach, John Elliot Gardiner y otros. Es un pianista de una gran solidez y versatilidad que abordó obras de periodos muy diferentes, con distintas exigencias.
Entre las obras que ejecutaron fuera de programa de cuenta la Canción del árbol del Olvido, de Alberto Ginastera, en una interpretación que destacó por su musicalidad, en un tempo lento que destacó la dulzura de tan bella obra.
Joyce DiDonato tiene un gran manejo expresivo, espontaneidad en su  presencia escénica y una técnica que le permite interpretar obras de gran exigencia, muy diferentes entre sí, si perder potencia, claridad y ductilidad. Destacó su perfecta dicción del español. Forma con David  Zobel, un conjunto amalgamado y preciso; eñigieron un balance entre grandes arias de ópera y canciones que merecerían estar más presentes en el repertorio lírico.
        

Eduardo Balestena
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miércoles, 15 de agosto de 2012


Los límites de la delicadeza
En el concierto inicial del octavo año del ciclo de Bach a Piazzolla, el 22 de julio en el Teatro Municipal Colón, contó con las actuaciones de Silvia Bango en piano; Federico Dalmacio en cello y Mario Romano en clarinete.
La Elegía opus 24 de Gabriel Fauré abrió el programa. Música hecha de despojamiento, delicadeza y renuncia (a la exuberancia, al planteo formal o al efecto), requiere sin embargo una sutileza de fraseo en su discurrir y una inflexión justa. Federico Dalmacio es solista de cello de la Orquesta Sinfónica e interviene en otros organismos, como la Orquesta de la Ópera y la Sinfónica de Olavaria. Logró un clima ya desde la frase inicial que conduce a una obra muy querida para su autor. Silvia Bango, pianista de amplia trayectoria, que ha intervenido como solista en las Variaciones Sinfónicas de César Franck, brindó el marco que que confiere el piano a los requerimientos del cello: acompañarlo, plantear el clima a sus frases: las preanuncia y les confiere color al terminar en lo que no es un simple acompañamiento. Obra de juventud –en su primera versión- es de una nostalgia elegante, la de alguien que afirmó “yo he llevado muy lejos las barreras de la delicadeza”; en lo que es un postulado: música hecha de un modo de decir que requiere un mínimo de forma musical.
Gran dúo concertante opus 48 de Carl Maria von Weber        
            Muy distintos son los requerimientos del gran dúo concertante de Weber, tanto en la rapidez como en la claridad y musicalidad de frases, por ejemplo en el andante central, elementos sin los cuales la obra se reduciría a su planteo virtuosístico. Aunque no mucho, va más allá de esos postulados, en una textura muy cerrada donde debe haber un claro balance entre el tempo y la articulación de frases siempre en registros tan claros que toda elección que no sea la justa afectaría al conjunto. No es sólo la rapidez, sino también el acento, pero los tiempos de decisión para saber que acentuar y cómo son ciertamente breves y riesgosos y la precisión absoluta entre los dos instrumentos. Mario Romano hizo ya como solista el concierto nro. 2 de Weber, y se mueve con una absoluta libertad en una obra cuyo rondó por ejemplo requiere, en su sección central, rápidos e intrincados pasajes que pasan luego al piano, en una frase –la inicial- que no debe perder nunca ese carácter cristalino y de divertimento. Otro pasaje de gran dificultad es el del final del rondó.
            Trío opus 114 de Johannes Brahms          
            A la escritura de la cuarta sinfonía sobrevino una etapa diferente, la de una música de cámara poética, madura e introspectiva. Es en esa etapa en la que Brahms conoció, en 1891, a Richard von Meinigen, un virtuoso clarinetista que influyó sus obras dedicadas a un instrumento del que tomó la sonoridad más plácida y dulce. El virtuoso del piano concibió así este trío en el cual reserva al cello y al clarinete el planteo de la obra y la presentación de sus temas, con la intervención de un piano siempre envolvente y en una doble función expresiva y de soporte. Es muy estrecho y sutil el diálogo, particularmente entre el cello –que enuncia el bello tema inicial- y el clarinete en un conjunto que sonó muy armado, tanto en la precisión de las intervenciones como en el timbre. No es fácil ese resultado en instrumentos como el cello y el clarinete.
            Obra tan precisa como sutil, uno de sus mejores momentos quizás sea el adagio, una forma ternaria A-B-A en la que el clarinete presenta el tema mientras el piano y el cello lo subrayan armónicamente; luego va tomándolo el cello, mientras el clarinete pasa a subrayar la intervención de la cuerda; un lenguaje que preanuncia al quinteto opus 115, obra también profunda y madura. El tema es variado –en la sección central- por los instrumentos, como lo será en el quinteto, en lo que parecen cambios tonales y modales. Es muy bella –quizás el mejor momento de la obra- la enunciación del clarinete luego de la sección central: con más lentitud, notas más prolongadas y, al parecer, en otra tonalidad.
            Silvia Bango, Federico Dalmacio y Mario Romano obtuvieron una versión de muchos matices, de sutileza en la concepción sonora y de entendimiento en un diálogo al que siempre pudieron darle las inflexiones justas, tanto en el tempo de andantino (como el del quinteto, es delicado en esa elección), y el enérgico Allegro final cuyo diálogo se hace rápido, en notas de corta duración y en una gradación de intensidades siempre cambiante.
            También a Brahms cabe la frase de Gabriel Fauré de haber llevado muy lejos la barrera de la delicadeza.
             
       

Eduardo Balestena


lunes, 10 de octubre de 2011

La música pura



El concierto del 9 de octubre del ciclo de Bach a Piazzolla contó con las actuaciones de Haydeé Francia y Aron Kemelmajer (violines); Irina Iacovleva (viola); Graciela Alías (piano) y Siro Bellisomi (cello). En el programa fueron interpretados el cuarteto opus 18 nro. 1 de Beethoven y el Quinteto para piano y cuerdas opus 34 de Johannes Brahms.
Cuarteto de cuerdas opus 18 no. 1, de Ludwig van Beethoven: Esta obra, que pese a responder a un ideal clásico está dada en una marcada libertad de recursos, permitió apreciar una formación muy homogénea en técnica y expresividad, en un cuarteto en donde tanto la articulación de las voces como el aspecto dinámico implican un gran requerimiento. Por ejemplo el rápido tema inicial del último movimiento que, tras su enunciación, crea un clima de expectativa que se resuelve en episodios que conducen nuevamente al motivo inicial.
Quinteto opus 34 para piano y cuerdas de Johannes Brahms: La versión que se obtuvo en este concierto (tan diferente por ejemplo a la de los miembros del Berlin Philarmonic Octet) optó por apoyarse en lo compacto de la forma, en la energía de su formulación general de la obra y en su fuerza pero mostró en todo momento su claridad, aun cuando el andante un poco adagio no haya mostrado la dulzura y delicadeza de los movimientos lentos de Bramhs, en un volumen algo alto en los dos violines y a un tempo algo rápido.
Es, evidentemente, una obra maestra. Su versión final no delata las alternativas de su génesis (nació tempranamente como un quinteto para arcos, convirtiéndose luego en una sonata para dos pianos –opus 34b- para adquirir, recién en 1864, es decir, en plena madurez, su forma actual). En ella Brahms, como en sus obras de cámara previas a las sinfonías, parece fundar una estética donde el material temático carece de inflexiones subjetivas y de un propósito funcional: no importa la función que un motivo cumpla en el todo, entraña belleza, detalle y desarrollo en sí mismo y es resuelto con autonomía.
Entraña dos dificultades. Una es técnica: lograr el ensamblaje de elementos afines temáticamente y en donde la división en voces es esencial. Otra dificultad es hacer que esa técnica permita reflejar la personalidad de ese sonido. Hacer que Brahms suene, inconfundiblemente, como Brahms.
Constructivamente, es una formulación muy libre. El último movimiento, por ejemplo, en el que el motivo inicial regresa, modificado y motiva desarrollos surgidos a partir de sus elementos, sin que acertemos a determinar si se trata de una forma rondó o un tema con variaciones.
Se trata de muy reconocidos intérpretes y manejo de un trabajo tan denso y refinado, su amalgama y el modo en que pudieron plasmarlo: a partir de una concepción propia y de conocimiento profundo de la obra permitieron ese resultado.

Eduardo Balestena
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lunes, 20 de junio de 2011

Un programa ecléctico


El Quinteto de Vientos de Mar del Plata retomó su actividad en el concierto del 18 de junio, en el Teatro Colón, oportunidad en la que ese presentó con la pianista Graciela Alías.

Formado por Mariano Cañón (oboe); Gerardo Gautin (fagot); José Garreffa (corno); Federico Gidoni (flauta) y Mario Romano (clarinete), solistas de la Orquesta Sinfónica Municipal, permitió apreciar, en las obras elegidas, la posibilidad sonora de conjunto de timbres en obras con exigencias expresivas muy diferentes.

En el programa fueron interpretadas la Serenata, de Carlos Franzetti, compositor argentino, residente en Estados Unidos, autor de música de películas (como la recordada “La película del Rey”, de Carlos Sorín), jazzman, a la vez autor de sinfonías. Le sucedió Aires tropicales, del compositor cubano Paquito D´rivera. Ambas plantean un lenguaje que explora la riqueza de acentos, elementos rítmicos y melodías en un marco de irregularidad y permanente cambio que implica una exigencia en la precisión. Acentos que se desplazan, alternancias, pasajes rápidos, hacen que resulte un género difícil de abordar y que requiere un gran trabajo previo. En el caso de la obra de D´rivera, se trata de siete movimientos, que abarcan diferentes ritmos (son; habanera; vals venezolano, entre otros) que exponen a los instrumentos en diferentes aspectos expresivos. Ello nos plantea tanto las posibilidades de expresión de timbres en función muy diferente a la que tienen en la orquesta y en el repertorio tradicional, y la existencia de una literatura particularmente atractiva, en lo que hace a los autores y a la formación en sí.

En la segunda parte fue interpretado el Quinteto para piano y cuarteto de vientos (clarinete, oboe, fagot y corno) K. 452 de Mozart, con la pianista Graciela Alías, una intérprete que ha abordado numerosas sonatas y conciertos de Mozart. El compositor no deparó roles subordinados a los instrumentos, que discurren en una relación de paridad, ya sea en la construcción armónica o en las alternancias en la exposición de la melodía. Del piano exige un sonido a la vez delicado y neto y, como en todas las obras de Mozart, todo es visible, expuesto y claro. Exige además en las dinámicas (crescendos/decrescendos) y en la amalgama de matices.

Mariano Cañon; Gerardo Gautín; José Garreffa y Mario Romano intervinieron en la sinfonía concertante en mi bemol, de Mozart, hace muy poco. Esta experiencia y el trabajo previo, tanto en el anterior ciclo del quinteto como en el manejo de estas obras fueron evidentes en un sonido puro, amalgamado, en tempo, matices e intensidad que habla de su experiencia como solistas, llevada al lenguaje de cámara. Es positivo llevar esta experiencia al abordaje de obras poco conocidas que permitan apreciar tanto la riqueza del elemento popular como lo inhabitual (como lo es un piano con un cuarteto de instrumentos de viento) en el repertorio clásico.

Eduardo Balestena

http://www.opus115musicadecamara.blogspot.com